Género: Comedia
Año: 1954
Protagonistas: Audrey Hepburn, Humphrey Bogart
En el cine hay una cosa que se llama clásico. De esas películas que todo cinéfilo debe conocer so pena de sonrojarse durante una conversación que puede terminar en: "no la has visto, a ti que te gusta tanto el cine?"
El problema con estas películas es que por ese atributo, ese deber de gran ejemplo del séptimo arte que le etiquetan, uno tendría que caer rendido ante sus pies, cueste lo que cueste, como una máxima universal imposible de refutar.
Esto pasa con Sabrina. No hablo de la versión de 1995 con Harrison Ford y Julia Ormond, eso sería faltar de gusto y es un fallido remake, sino de la versión original con la perfecta Audrey Hepburn y el duro seductor Humphrey Bogart.
Debo decir que esta película es de mis favoritas pero hay un elemento que siempre me deja insatisfecha y es precisamente el beso entre Sabrina y Linus Larrabee.
La trama es sencilla. Sabrina Fairchild es la hija del chofer de los multimillonarios Larrabee, que viven en Glen Cove, cerca a Nueva York. La hija del chofer es tímida, amorosa con su padre pero se enamora perdidamente del hijo menor de los dueños de casa, llamado David.
Para sacarla de ese mundo de cruel ilusión (la servidumbre no puede intimar con los patrones), Sabrina es enviada a París -sí, la servidumbre neoyorkina es refinada- a aprender cocina.
Dos años más tarde regresa transformada. Ya no se trata de esa niña tímida sino de una joven elegante, sofisticada -nadie sabe cómo hizo para vestirse en Givenchy- con porte de modelo de la época.
Cuando regresa de París David no la reconoce pero su hermano Linus sí. Justo ese día los Larrabee dan una des sus grandes fiestas en los jardines de la propiedad y... Sabrina es invitada por primera vez.
Esa noche se materializa el sueño de la hija del chofer. Vestida con un traje que haría palidecer a cualquier princesa de Disney, maquillaje impecable, Sabrina va a la fiesta, baila una tanda con David y este le da un rendez-vous en el campo de tenis, para un tête à tête.
Linus se da cuenta de todo y evita que David vaya al encuentro; hay un negocio en remojo entre la empresa Larrabee y la familia de la novia de David. Sin embargo, es el propio Linus quien, champagne en mano, va personalmente hasta Sabrina para decirle que su hermano no podrá cumplir la cita Pero que él es su remplazo y así todo queda en familia.
La invita a bailar mientras se oye la música de la orquesta a lo lejos, porque como él mismo lo repite "todo queda en familia".
SPOILER ALERT:
Y luego le dice: "Si David estuviera aquí, seguro que te besaría". Sabrina que está en medio de una ensoñación, sintiéndose como princesa responde por un "mmmm", lleno de gusto.
Entonces viene el momento esperado, el beso. Menos mal que Billy Wilder nunca pensó, durante la postproducción, en subir el nivel de la música, como si los protagonistas escucharan Puccini al enamorarse. El beso corresponde a lo que se acostumbraba: intenso mas no apasionado, elegante, pero corto, muy corto. Y al final le dice "para que todo quede en familia"...
Lo difícil de aceptar es que este sea el único beso que habrá entre Linus y Sabrina. Al final, cuando se reencuentran, navegando literalmente hacia París, se dan un abrazo y fin. Pero al mismo tiempo es lo que invita a ver una y mil veces la película.
Si hay algo que valga resaltar de esta maravillosa cinta es que la emoción, eso que corta la respiración y produce suspiros, aparece más en los diálogos y las miradas entre los protagonistas que en el beso mismo, que no termina siendo el fin sino el medio. Una sutilidad que las comedias románticas modernas perdieron.
BONUS: Sabrina le dice a Linus durante una escena en un restaurante que cuando vaya a París debe llover, porque es cuando París tiene el más dulce olor. Sí, nada más cierto que eso...