Género: Comedia romántica
Año: 2002
Protagonistas: Ralph Fiennes y Jennifer Lopez
Maid in Manhattan es una chic flick de segunda categoría. A pesar de tener como galán al talentoso Ralph Fiennes (¿quién no se acuerda del count Almásy del Paciente Inglés?) y a la bella Jennifer López (peinado y maquillaje impecables pues es JLo), la historia de amor no cuaja del todo.
El personaje de Jennifer en esta película es una versión moderna de cenicienta, convertida en camarera de un hotel de lujo en la Gran Manzana. Como su arquetipo, es humilde, trabajadora, bonita y... tiene un hijo, llamado Ty. Sí, esta cenicienta ya tuvo principe azul pero sin final feliz. Sin embargo, el hijo no es un detalle sino un celestino, que por su franqueza y destreza al hablar de política con sólo 10 años, —válgame dios, quién se come ese cuento— deja impresionado a Ralph, senador del estado de NY.
Ralph y Jennifer se conocen en medio de un quiproquo. Ella está en una suite haciendo el aseo, una compañera de trabajo la incita a ponerse la fina ropa (Dolce&Gabbana) de la huésped y llega Ralph con Ty quien viene a pedirle permiso a su mamá para pasear con el senador y el perro del senador que acaba de conocer en el ascensor y ahí es amor a primera vista.
El beso viene después, durante una gala de beneficencia a la que Jenny es invitada por Ralph, quien todavía no sabe que se ha enamorado de la camarera. En este film no hay una sino varias hadas madrinas: las compañeras de trabajo de Jenny y las vendedoras de las boutiques de lujo del hotel quienes le prestan EL vestido y EL collar de diamantes Harry Winston.
La pareja a penas si logra bailar unos pocos compases de una canción de R&B, el vals pasó de moda... Y luego Jenny, que mantendrá la misma cara de tragedia, esa de mi vida es dura pero soy una hispana que va a sacar adelante a su hijo a pesar de la adversidad, se topa con la huésped dueña verdadera del atuendo Dolce&Gabbana, quien la reconoce pero no se acuerda de dónde y sale corriendo.
SPOILER ALERT:
Nuestra camarera huye de la gala sin perder el zapato. Ralph la sigue, luego la detiene y le dice: ¨estás huyendo de algo que deseas". Claro, Jenny desea ese beso desde el minuto 25 de la película. Ella quiere explicarle, contarle la verdad y la voz le tiembla, algo llorosa, mirándolo con la misma cara de tragedia y un toque de "venimos de dos mundos distintos y por esta mentira no podré tenerte".
En cambio Ralph sí sabe cómo mirar, le brillan los ojos llenos de amor sin parpadear, como si pudiera pasar el resto de su vida mirándola sólo a ella. Un ejemplo de lo que las señoritas y señoras esperan ver en este tipo de cintas, mientras suspiran, con las palomitas de maíz en la mano.
Ella vuelve a hablar pero Ralph se lo impide con un beso, el beso que estamos esperando desde hace una hora y tres minutos para ser precisos. La cámara lo enfoca a él, lo cual es la mejor decisión que pudo tomar el director para hacernos creer que había química. Porque ella sólo cierra los ojos y se queda rígida, como un maniquí, con más susto que sorpresa. Desinfle total.
Jenny no se creyó el cuento de hadas, no se dejó llevar por el instante sino que llegó a ese beso con temor. Quizás su primer príncipe azul le dejó un trauma irreparable. Tal vez sea un síndrome que ataca a las cenicientas y que las vuelve menos crédulas cuando las vuelve a tocar el amor.
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